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» Se cumplen 35 años del invento del celular
Ya hay tres mil millones de móviles en el mundo y también celunovelas, celuhistorietas y celupoesías que se leen por descargas.
8.43 de la mañana. Una voz que fluctúa entre el chirrido y la queja corta el silencio que abruma a los ocupantes del colectivo de la línea 7.
¿Lo viste ayer? Ese Facundo Arana es un bombonazo, está para partirlo al medio.
La voz femenina se diluye entre los rostros dormidos de los pasajeros. La señora que maniobra y se aprieta contra la máquina de monedas piensa que le hablan a ella. Se da vuelta, su mirada choca contra rostros masculinos. Entonces la voz resurge con más ahínco, con un énfasis que no le interesa a nadie.
Sí, tenías razón. El petiso ése de la oficina de al lado se la pasa tirándome miraditas. Está bueno, podría ser. Che, te corto. Llego en 15 minutos.
Por fin la mujer, unos 35 años, pintada como lienzo y con dos hombreras que la elevan diez centímetros más sobre el nivel del mar, pronuncia la expresión clave: "Te corto". Los pocos viajeros despiertos apostaban a que se trataba de un caso más de diálogo no correspondido, aquel contrapeso esencial en las conversaciones que mantienen las personas que recorren las calles de la ciudad hablando consigo mismas.
El aparato minúsculo, adornado con dos calcomanías de Hello Kitty, el que mantenía adosado a su oreja derecha y que desenvainó al lanzar su cuerpo contra la puerta trasera de salida, finalmente la delata. Queda en evidencia un malestar moderno: la hipercomunicación, que podría denominarse la comunicación al pedo. La televisión, internet y los celulares terminan siendo, cada uno a su modo y con sus propias configuraciones e imposiciones, máquinas culturales donde se generan, circulan y refritan signos y nuevas dependencias.
MIRÁ LO QUE TENGO. Pero el caso de los teléfonos celulares es peculiar. Se muestran todavía son mostrados como celebración de la comodidad, estandartes del confort y del progreso social. El teléfono celular es asociado a diferencia del televisor y otros aparatos de consumo grupal directamente con una única persona. Una vez que se memoriza el número y se lo incorpora al universo corporal personal, como el reloj, el anillo y la cadena, deviene su extensión, su cordón umbilical con el mundo.
Los teléfonos celulares no son sólo artefactos inertes o meras herramientas al servicio de la comunicación. Como todo producto estandarizado y fabricado en serie que disimuladamente aparece, se corona y se impone como la mercancía a tener (o si no, no se es nada), como la computadora, el televisor, el reloj, el iPod, el celular existe en tanto seduce. Garantía de felicidad inmediata, las publicidades que los promocionan rebosan de jóvenes risueños y felices que invitan ordenan a unirse a ellos, previo intercambio de dinero.
El nuevo modelo que ostenta como joya ominosa el ocupante del asiento de al lado siempre es más luminoso, más lindo, más atractivo que el que uno esconde en el bolsillo derecho del pantalón. Siempre lo ajeno es más, y el encandilamiento que produce la novedad transforma un juicio estético superfluo en una necesidad de tipo biológico. La aspiración de alzarse con uno de estos aparatos trasciende, como apunta la antropóloga mexicana Rosalía Winocur, la pertenencia de clase, la inclinación sexual, las diferencias de género y generacionales, el grupo étnico o el capital cultural.
"La necesidad de estar permanente e instantáneamente en contacto no es una consecuencia automática de las nuevas tecnologías, ni tampoco nació con ellas, sino de la experiencia urbana de ser y estar en la ciudad de los últimos 30 o 40 años", señala. "El teléfono celular es clave para mantener la cohesión imaginaria de los espacios familiares seguros donde habitan nuestras certezas. En la mayoría de las ocasiones no lo usamos para ampliar nuestras redes de conocidos o entablar nuevas relaciones, como sucede con internet, sino para no perder el contacto con los nuestros."
24 HORAS AL PIE DEL CAÑÓN. Todos quieren necesitan pertenecer a algo, al menos a un círculo imaginario. En este caso al grupo de personas que se comunican, que están en contacto y que eligen estar disponibles para el jefe, la hermana, el sobrino o la madre las 24 horas, los siete días de la semana. Al comunicarse, al contactarse, al estar disponibles, afirman su pertenencia al mundo. Sienten que existen.
De ahí la abrumadora sensación de abstinencia, de estar perdiéndose ese llamado que va a cambiar la vida, al olvidarse en casa el celular, al escasear el saldo o cuando el aparato el grillete dice basta y, sin batería, decide apagarse. El no estar disponible se traduce en la sensación de no estar allí o, más bien, de estar afuera: afuera del boliche donde está la diversión, afuera de la cancha de fútbol donde está la acción (el partido, el recital, el show). El celular, visto así, representa la última defensa contra la exclusión.
No por nada la reluciente aflicción bautizada como "nomofobia" de no mobile phobia o miedo a estar sin teléfono celular aumenta a diario su número de casos. En Inglaterra se hicieron estudios que dicen que el 53% de los usuarios de teléfonos celulares (13 millones de personas) siente ansiedad o bien cuando se le está acabando la batería o bien de sólo pensar que puede llegar a perder el aparato.
En Japón, donde las leyes tecnológicas indican que todos los inventos están dos años adelantados al resto del mundo, la celudependencia está aun más registrada. Una encuesta realizada por la megacompañía Sega mostró que de 16.250 encuestados, el 41,2% se había llevado al menos una vez el teléfono celular al baño a la hora de ducharse para llamar o recibir llamadas, escribir mensajes, escuchar música o jugar mientras se enjabona la espalda.
Muchas veces llamado la Gizmo nation ("la nación chiche"), Japón y su tecnocultura son el blanco en el que los adoradores de lo high tech apuntan sus miradas, en muchas ocasiones cegados por el determinismo tecnológico. Y es allí donde los primeros estudios antropológicos sobre la comunicación móvil explotaron. Se habla, por ejemplo, de oyayubi zoku o "tribu del pulgar". El sociólogo Kenichi Fujimoto ve al celular como una "máquina de territorio" capaz de transportar al usuario desde su asiento en el subte, la cola del cine o donde se encuentre a "la comodidad de un paraíso personal en el que se tiene acceso a amigos e información".
La antropóloga cultural Mizuko Ito va más allá. En su libro Personal, Portable, Pedestrian: Mobile Phones in Japanese Life resalta cómo el celular despliega una pedagogía o modo de uso. "Los usuarios declararon que jamás contestarían un teléfono ajeno, ni siquiera el de un esposo, y que mirar al microteléfono de otra persona sin invitación es socialmente inaceptable." Estos teléfonos, dice, están asociados más a individuos que a grupos de personas, como ocurre con el teléfono de línea.
La particularidad del celular se distingue plenamente en los modos con que construye nuevos lazos de sociabilidad. Dice Ito: "A través de los mensajes de texto, los usuarios comparten su ubicación, estatus o estado emocional: ese episodio de la televisión era bueno, ¿no?', la clase es tan aburrida'', o simplemente suspiro'. Estos mensajes son semejantes a la clase de conocimiento acerca de sí mismos que las personas quizás compartieran si ocuparan el mismo espacio físico (...) Estas palmadas virtuales en el hombro quizás tengan como resultado una secuencia más estrecha de charla, como una llamada de voz. Pero a menudo este tipo de mensajes son simplemente una manera de afirmar rápidamente una conexión o una sensación de copresencia".
PREHISTORIA: LOS CELULARES DE PIEDRA. Los arqueólogos del futuro constatarán que los celulares tuvieron una prehistoria, una época oscura y amorfa en la que todo era grande, pesado y caro. Eso sí: deberán ponerse de acuerdo en la cronología ya que como ocurre con todo aparato hegemónico existe más de un nacimiento. Están los que dicen que el teléfono celular nació en los Laboratorios Bell en 1947 de la mano de los ingenieros Douglas H. Ring y W. Rae Young; los que aseguran que la semilla germinó en la serie Viaje a las estrellas con el comunicador que usaba Kirk; los que felicitan al empleado de Motorola, un tal Martin Cooper, por el desarrollo del prototipo del Motorola DynaTAC en abril de 1973; los que subrayan en el calendario el año 1978, cuando se realizaron las primeras pruebas comerciales, o finalmente los que ponen sus fichas en el 6 de marzo de 1983 cuando el Motorola DynaTAC 8000X salió al mercado por la módica suma de 3.995 dólares. Pesaba 793 gramos, medía 25 cm y sólo funcionaba por una hora. Ahora, como la Atari 2600, la Commodore 64 y las primeras consolas Nintendo, este ladrillo gris se convirtió en un objeto ochentoso de culto. En el sitio inglés Retrobrick, www.retrobrick.com, se lo consigue por 59 libras. No se indica si funciona.
Los celulares extensiones del hogar y, consecuentemente, del ámbito privado barrieron con los radiollamados, que despertaban con sus pitidos a cualquier hora a los médicos, los bipers y demás ítems de existencia ya olvidada. Conquistaron el mundo y en el trayecto se adosaron al cuerpo: al cinturón, a la oreja (como los celulares con Bluetooth) y al bolsillo del pantalón.
Las tecnologías fascinan y al hacerlo también causan temor: disparan rumores que crecen como bola de nieve y terminan cristalizados en mitos como aquel, ahora parcialmente desvanecido, que decía que la radiación del celular o bien freía el cerebro o reducía para espanto masculino un 30 por ciento de la producción de esperma.
Cooper, el ingeniero electrónico de 79 años al que ahora se homenajea por su creación, aún considera incompleta la revolución celular. Espera, confía, desea que dentro de 20 años la gente camine por el mundo con dispositivos inalámbricos incrustados en sus cuerpos. "Sólo imaginá cómo sería el mundo si pudiéramos medir las características de un cuerpo enfermo y transmitirlas directamente a un doctor o una computadora señaló. Uno podría ser diagnosticado y sanado de manera instantánea e inalámbrica. ¿No sería maravilloso tener todos estos dispositivos instalados dentro tuyo e impulsados por tu cuerpo?".
Seguro, entonces la condena será completa.
Tragedia: clonaba teléfonos y quedó incomunicado
En el día de la consagración del celular y después de realizar ocho allanamientos en Constitución, la Policía Federal secuestró cien teléfonos móviles robados y perdidos que habían sido "clonados" para su venta. La División Delitos en Tecnologías y Análisis Criminal de la Superintendencia de Investigaciones Federales fue la encargada de los operativos que comenzaron poco después de las 14. El operativo terminó con siete detenciones, la más resonante de las cuales fue la de un caballero al que la propia policía bautizó con irreprochable vocación literaria "El rey de la clonación".
El centenar de equipos telefónicos robados o denunciados como perdidos habían sido "clonados" mediante software y máquinas especiales de programación y desbloqueo de aparatos de comunicación. Los celulares eran comercializados en los locales allanados que lucían pura normalidad barrial: sus fachadas tenían carteles del tipo "Reparamos su teléfono". En los fondos de los locales funcionaban los talleres clandestinos de "clonación", donde se realizaban las tareas de recepción y desarme primario de las unidades telefónicas, para luego alterarles el número electrónico de la carcasa. Ese número se denomina Imei.
Según la policía, la alteración del número Imei permitía al Rey de la Clonación y sus vasallos evadir los controles tecnológicos de las centrales telefónicas que detectan las unidades denunciadas por robo, hurto, perdida o cualquier otro delito. En los lugares allanados se realizaba también el cambio de la tarjeta SIM, con lo que los clonadores podían transformar cada celular en otro distinto al original.
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